
Ha pasado un mes desde que dos terremotos sacudieron a Venezuela y todavía siento que hay una parte de mí que sigue detenida en aquella tarde.
Estaba en mi apartamento de Panamá, recostada sobre la hamaca después de terminar de atender a mis pacientes. Era uno de esos momentos tranquilos que tanto disfruto desde que vivo aquí. Frente a mí, el ventanal dejaba entrar toda la luz de la tarde y el océano Pacífico parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista. Siempre me ha gustado contemplarlo. Hay algo en el mar que consigue poner en orden los pensamientos cuando el día ha sido largo.
Tomé el teléfono para distraerme unos minutos y empecé a recorrer las redes sociales. Entonces apareció la noticia.
Un terremoto había sacudido Venezuela. Resulta que la noticia se quedaba muy corta, fueron dos terremotos implacables.
No recuerdo cuánto tiempo me quedé mirando la pantalla antes de reaccionar. Lo único que recuerdo con absoluta claridad es el impulso de llamar a mi mamá. No pensé en otra cosa.
Marqué su número esperando escuchar su voz y nadie respondió. Lo intenté otra vez. Después otra. Llamé a otros familiares. Nadie contestaba. Las horas comenzaron a pasar con una lentitud que nunca antes había conocido y, mientras el teléfono permanecía en silencio, mi imaginación empezó a llenar los espacios que la incertidumbre iba dejando.
A veces creemos que la distancia se aprende. Pensamos que, después de algunos años viviendo en otro país, uno termina acostumbrándose a no estar. Yo también lo creí. Sin embargo, aquella tarde entendí que hay situaciones en las que toda esa aparente adaptación desaparece de golpe y volvemos a sentirnos exactamente igual de vulnerables que el primer día en que dejamos nuestra tierra.
Mientras esperaba noticias de mi mamá, miles de personas intentaban encontrar a sus familias, salían de edificios agrietados, dormían al aire libre por miedo a nuevas réplicas y trataban de entender cómo seguir adelante cuando, en cuestión de segundos, la vida que conocían había cambiado para siempre. Yo observaba todo desde la pantalla de un teléfono, sintiendo una impotencia difícil de explicar. No había nada que pudiera hacer por ellos, pero tampoco podía hacer nada por las personas que más amo. La distancia había convertido el acto más sencillo del mundo —llegar hasta alguien— en algo completamente imposible.
Horas después supe que mi madre y familiares estaban vivos, aterrados e incapaces de dimensionar lo que nosotros afuera supimos primero que ellos. Ellos aislados sin electricidad, sin internet, como muchas veces acurre en Venezuela. Nosotros completamente desconcertados, rotos y sobretodo impotentes.
Aquella noche dormí poco.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a mirar las imágenes que había visto durante el día y me preguntaba cuántas historias más quedarían ocultas detrás de cada video.
Al amanecer descubrí que apenas podía abrir los ojos. Mis párpados estaban tan inflamados por una infección que tuve que acercarme al espejo varias veces para reconocerme. No recuerdo haber sentido dolor físico. Lo que recuerdo es la extraña sensación de que mi cuerpo estaba hablando un idioma que mi cabeza todavía no comprendía. Mientras intentaba aliviar la inflamación con compresas frías y antibioticos, no podía dejar de pensar en Venezuela.
Durante una semana no pude volver a trabajar.
Quienes nos dedicamos a escuchar el sufrimiento de otras personas sabemos que hay momentos en los que también necesitamos guardar silencio. Yo no estaba en condiciones de sostener a nadie porque apenas conseguía sostenerme a mí misma. Los días transcurrían entre llamadas, mensajes, noticias y una necesidad casi compulsiva de seguir buscando información. Cada mañana despertaba con la esperanza de que lo peor hubiera pasado y cada noche terminaba descubriendo que la tragedia era mucho más grande de lo que había imaginado el día anterior.
Las imágenes seguían llegando.
Primero fueron los derrumbes que todos vimos.
Después aparecieron las historias de familias enteras que lo habían perdido todo, de personas desaparecidas, de comunidades tratando de organizarse entre el miedo y la incertidumbre. Poco a poco comprendí que el terremoto no había durado unos segundos. El movimiento de la tierra había terminado, pero la devastación apenas comenzaba a mostrarse. Cada nuevo video abría una herida distinta y, aunque yo estaba lejos, no encontraba la manera de protegerme de ese dolor.
Casi veinte días después ocurrió algo que terminó de romperme.
Comenzaron a circular imágenes de algunos de los edificios completamente colapsados en La Guaira.
Los reconocí inmediatamente.
Durante unos segundos dejé de ver una noticia y empecé a ver mi propia vida.
Allí había vivido. En esas calles había trabajado como psicóloga. Allí estaban los lugares donde me reunía con amigos, donde construí una parte de mi historia, donde aprendí que el mar Caribe podía convertirse en una forma de pertenencia. Siempre he dicho que La Guaira fue mi lugar feliz. No porque mi vida fuera perfecta, sino porque allí fui profundamente yo.
Ver aquellos edificios reducidos a escombros fue comprender que los terremotos no solo derrumban paredes. También alcanzan los lugares donde guardamos la memoria. Mientras observaba esas imágenes sentí que una parte de mi historia se desmoronaba con ellos. Pensé en todas las veces que caminé por esas calles sin imaginar que algún día las recordaría desde otro país y a través de la pantalla de un teléfono.
Hay un duelo del que casi nunca hablamos quienes emigramos.
Creemos que el dolor consiste en extrañar a las personas, pero también se llora por los lugares. Se llora por la playa donde aprendiste a reconocer el color del mar, por la cafetería que formaba parte de tu rutina, por el edificio donde empezaste a ejercer tu profesión, por la esquina que cualquiera consideraría insignificante y que, sin embargo, contiene una parte de tu vida.
Cuando uno emigra acepta que esas cosas cambiarán con el tiempo, pero nunca está preparado para descubrir que algunas desaparecerán para siempre.
Durante todo ese mes seguí mirando el océano Pacífico desde el ventanal de mi apartamento. Es un paisaje hermoso y sigo sintiendo gratitud por el país que me abrió las puertas cuando tuve que empezar de nuevo. Sin embargo, hubo días en los que ese mar dejó de ser un paisaje para convertirse en una frontera. Frente a mí tenía agua hasta el horizonte, pero el único mar que ocupaba mis pensamientos era el Caribe. No porque fueran distintos en su belleza, sino porque uno de ellos me separaba de todo aquello que necesitaba abrazar.
Desde que emigré he escuchado muchas veces que el tiempo termina curándolo todo y que llega un momento en el que uno deja de sentir el país con la misma intensidad. Ojalá fuera cierto. Lo que he descubierto es exactamente lo contrario. Con los años uno aprende a vivir lejos, aprende nuevas costumbres, construye afectos y encuentra motivos para agradecer la vida que va naciendo en otro lugar. Pero el amor por la tierra donde crecimos no se divide para hacer espacio a una nueva vida; simplemente se expande. Por eso, cuando Venezuela sufre, quienes estamos lejos también sufrimos. No con el protagonismo de quienes lo perdieron todo ni con la autoridad de quienes permanecieron allí sosteniendo a sus familias y reconstruyendo sus comunidades, sino con esa impotencia silenciosa que nace de saber que el corazón está en un sitio al que el cuerpo no puede llegar.
Quizá eso sea lo más difícil de explicar sobre la migración. Hay tragedias que no distinguen entre quienes se quedaron y quienes se fueron. Cambia el lugar desde donde las vivimos, pero no la profundidad con la que nos atraviesan. Mientras el mundo seguía adelante y los titulares empezaban a desaparecer, muchos venezolanos repartidos por distintos países continuábamos despertando cada mañana buscando una nueva noticia, una nueva fotografía, un nuevo mensaje que nos permitiera entender lo ocurrido. La distancia no amortiguó el golpe. Solo nos obligó a vivirlo en silencio.
Hace un mes la tierra tembló en Venezuela.
Desde entonces he pensado muchas veces que, en realidad, hay movimientos que no aparecen en ninguna escala sísmica. Son los que ocurren dentro de quienes miramos a nuestro país desde lejos y descubrimos, una vez más, que el exilio nunca consigue poner a salvo aquello que seguimos llamando hogar.
Hasta que volvamos a encontrarnos,
Yuma