
Viajar suele asociarse con descanso, ilusión y nuevos comienzos. Los adultos hablamos de las vacaciones pensando en los lugares que conoceremos, en las personas que volveremos a abrazar o en el placer de interrumpir, aunque sea por unos días, la rutina cotidiana. Sin embargo, esa misma experiencia puede vivirse de una forma muy distinta cuando quien viaja es un niño con TDAH o autismo.
No porque no pueda disfrutar del viaje.
Sino porque, antes de descubrir un lugar nuevo, tendrá que enfrentarse a una cantidad de cambios que muchas veces los adultos pasamos por alto.
Un aeropuerto reúne casi todo aquello que puede resultar desafiante para un niño que necesita previsibilidad. Hay personas caminando en todas direcciones, anuncios por altavoz que aparecen sin previo aviso, pantallas luminosas, filas, esperas, cambios de temperatura, controles de seguridad, olores intensos y una enorme cantidad de estímulos que llegan al mismo tiempo. A eso se suma la modificación de los horarios habituales, la alteración del sueño, la expectativa propia del viaje y, en ocasiones, la ansiedad de los propios adultos.
Para muchas familias, el vuelo comienza mucho antes de subir al avión.
Empieza cuando aparece la preocupación.
"¿Y si tiene una crisis en el aeropuerto?"
"¿Y si no soporta el despegue?"
"¿Y si molesta a los demás pasajeros?"
Son preguntas comprensibles. También profundamente humanas. Detrás de ellas suele haber padres y madres que no temen únicamente por el viaje, sino por la posibilidad de sentirse juzgados en un espacio público donde cada reacción parece quedar expuesta a la mirada de los demás.
Quizá por eso uno de los errores más frecuentes consiste en preparar cuidadosamente las maletas y olvidar preparar la experiencia.
Viajar no empieza cuando se cierra la puerta del avión.
Empieza mucho antes.
Preparar el viaje también significa preparar al niño
Los niños encuentran seguridad cuando pueden anticipar lo que va a ocurrir. No necesitan conocer cada detalle, pero sí construir una idea que les permita organizar mentalmente la experiencia que están por vivir.
Contarles con algunos días de anticipación adónde viajarán, explicarles cómo será el recorrido desde que llegan al aeropuerto hasta que aterrizan o mostrarles fotografías del lugar al que irán puede reducir considerablemente la incertidumbre. Algunos niños se benefician especialmente de los apoyos visuales o de las historias sociales porque les permiten transformar una experiencia desconocida en una secuencia más predecible.
No se trata de ensayar cada minuto del viaje.
Se trata de disminuir la sensación de estar entrando en un mundo completamente imprevisible.
Los cuentos infantiles relacionados con los aviones también pueden convertirse en un excelente recurso. A través de ellos el niño comienza a familiarizarse con los sonidos, los espacios y las situaciones que encontrará durante el vuelo desde un lugar seguro, donde todavía puede hacer preguntas, expresar sus inquietudes y elaborar aquello que le genera curiosidad o temor.
No todas las conductas significan lo mismo
Uno de los riesgos más frecuentes consiste en interpretar cualquier reacción intensa como un problema de comportamiento.
Sin embargo, una rabieta, un llanto inconsolable o la necesidad de moverse constantemente pueden estar expresando algo muy diferente. En muchos casos hablan de un sistema nervioso que ha recibido más estímulos de los que puede procesar en ese momento.
Cuando entendemos esto, cambia también nuestra manera de responder.
En lugar de preguntarnos cómo hacer que el niño deje de comportarse de esa manera, comenzamos a preguntarnos qué está necesitando.
A veces será un lugar más tranquilo.
Otras veces necesitará movimiento, un objeto conocido que le aporte seguridad, unos auriculares que disminuyan el ruido ambiental o simplemente unos minutos para recuperar la calma.
Comprender la función de una conducta siempre resulta mucho más útil que intentar eliminarla.
Los adultos también forman parte del viaje emocional
Hay algo que suele pasar desapercibido.
Los niños no solo perciben el aeropuerto.
También perciben a quienes los acompañan.
Cuando un padre o una madre vive el viaje con una ansiedad muy intensa, resulta difícil ocultarlo por completo. El tono de voz cambia, aparecen las prisas, aumenta la irritabilidad y cualquier imprevisto parece convertirse en una amenaza. Los niños, especialmente aquellos que presentan una mayor sensibilidad a su entorno, suelen captar esas señales mucho antes de que alguien las nombre.
Esto no significa que los adultos deban aparentar una tranquilidad perfecta.
Significa recordar que también necesitan cuidarse.
Dormir lo suficiente la noche anterior, evitar dejar todo para última hora y llegar con tiempo al aeropuerto no solo facilita la logística. También reduce el nivel de tensión con el que toda la familia inicia el viaje.
En ocasiones, el recurso más valioso para un niño no es el juguete que lleva en la mochila, sino la calma que encuentra en el adulto que camina a su lado.
Un viaje exitoso no siempre es un viaje perfecto
Vivimos rodeados de imágenes donde las vacaciones parecen desarrollarse sin contratiempos. Familias sonrientes, niños felices y trayectos que transcurren con absoluta tranquilidad. Esa imagen puede convertirse en una carga cuando la realidad es distinta.
Tal vez el niño llore durante el despegue.
Tal vez necesite levantarse varias veces.
Tal vez haya momentos de tensión.
Nada de eso significa que el viaje haya sido un fracaso.
A veces el éxito consiste simplemente en haber llegado respetando las necesidades del niño y sin exigirle responder como si el contexto no hubiera cambiado por completo.
Esa mirada también libera a los padres de una presión innecesaria. No están llamados a demostrar que pueden controlar cada situación. Están llamados a acompañar a su hijo en una experiencia que, para él, puede resultar mucho más compleja de lo que parece desde fuera.
Cuando el miedo al viaje termina limitando la vida familiar
Hay familias que dejan de viajar porque el estrés anticipado termina siendo mayor que la ilusión del destino. Poco a poco comienzan a rechazar invitaciones, posponen vacaciones o evitan visitar a familiares que viven lejos. En esos casos, el problema ya no es el avión.
Es el espacio que el miedo ha empezado a ocupar dentro de la vida familiar.
Cuando eso ocurre, buscar acompañamiento profesional puede ayudar no solo a preparar un viaje concreto, sino a comprender qué situaciones resultan especialmente difíciles para ese niño y desarrollar estrategias adaptadas a sus necesidades.
Cada familia encontrará su propio modo de viajar.
No existen recetas universales.
Lo que sí suele marcar la diferencia es cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarnos cómo lograr que el niño se adapte al viaje, quizá convenga preguntarnos cómo podemos adaptar el viaje para que el niño se sienta más seguro dentro de él.
Ese pequeño cambio de perspectiva transforma muchas decisiones.
Y, sobre todo, transforma la manera en que una familia aprende a recorrer el mundo junta.
Hasta que volvamos a encontrarnos,
Yuma