
Un lugar donde habitarse
I. Volver
Hay palabras cuya aparente sencillez esconde una complejidad que solo descubrimos cuando la vida nos obliga a habitarlas.
Una de ellas es volver.
La pronunciamos con la naturalidad con la que nombramos los gestos cotidianos, como si todos compartiéramos la misma comprensión de lo que significa regresar. Decimos volver a casa, volver al trabajo, volver a la ciudad donde nacimos, volver con quienes amamos o volver a empezar. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que ese verbo encierra una promesa silenciosa: la de que existe un lugar esperándonos, inmóvil, dispuesto a recibirnos exactamente como lo dejamos.
Durante mucho tiempo yo también creí en esa promesa.
Pensaba que volver consistía, simplemente, en desandar el camino recorrido. Bastaba con recorrer la distancia en sentido contrario para recuperar aquello que había quedado atrás. Imaginaba que los lugares permanecían intactos, que el tiempo era apenas un intervalo entre una partida y un regreso y que, de algún modo, siempre era posible reencontrarse con la vida que habíamos dejado suspendida.
La experiencia terminó enseñándome otra cosa.
No sé exactamente cuándo comenzó esa comprensión. Tal vez el día en que hice una maleta sin saber que, además de ropa y documentos, estaba guardando una versión de mí misma que nunca volvería a recuperar por completo. O quizá apareció mucho después, cuando entendí que la migración no consiste únicamente en cambiar de país.
Migrar es aceptar que el tiempo deja de transcurrir en un solo lugar.
Mientras uno aprende el nombre de nuevas calles, intenta acostumbrarse a otro acento o descubre dónde comprar el pan, la vida continúa desarrollándose allí donde ya no estamos. Las personas que amamos siguen envejeciendo. Los niños crecen. Los amigos escriben nuevas historias. Los árboles cambian de estación. Las ciudades se transforman. Incluso los recuerdos comienzan, poco a poco, a mezclarse con la imaginación.
Entonces ocurre algo difícil de explicar para quien nunca ha tenido que marcharse.
Descubrimos que no solo nosotros dejamos un país.
También el país continúa viviendo sin nosotros.
Hay un duelo que rara vez encuentra palabras suficientes. No tiene un funeral, ni una fecha precisa, ni un instante en el que alguien pueda decirnos que el dolor ha terminado. Se instala de manera silenciosa y, durante mucho tiempo, se confunde con la nostalgia.
Pero la nostalgia y el desarraigo no son lo mismo.
La nostalgia mira hacia atrás con ternura.
El desarraigo, en cambio, cuestiona el lugar desde el que seguimos existiendo.
No se trata únicamente de extrañar una ciudad, una comida, un paisaje o una manera de hablar. Lo que duele es descubrir que aquello que llamábamos hogar ya no puede sostenernos de la misma manera. No porque haya dejado de existir, sino porque nosotros también hemos cambiado.
La vida nos transforma incluso cuando creemos permanecer inmóviles. Cada decisión, cada pérdida y cada encuentro modifica, casi imperceptiblemente, la forma en que habitamos el mundo. Cuando finalmente intentamos regresar, descubrimos que no solo el lugar es distinto.
También lo son nuestros ojos.
He pensado muchas veces en esa paradoja. Quizá porque forma parte de mi propia historia, pero también porque la he encontrado, con otros nombres, en las historias de muchas personas a las que he acompañado como psicóloga.
No todas han cruzado fronteras geográficas.
Sin embargo, casi todas conocen la experiencia de descubrir que ya no pueden regresar a la vida que alguna vez imaginaron.
Hay quienes emigran de un país y quienes emigran de un matrimonio. Quienes deben despedirse del cuerpo que conocían después de una enfermedad, de una profesión que definía su identidad o de una familia que dejó de ser un lugar seguro.
Cambian las circunstancias.
La experiencia interior conserva un parecido conmovedor.
Porque, tarde o temprano, todos descubrimos la misma verdad: hay regresos que ya no son posibles.
No porque el camino haya desaparecido.
Sino porque quienes emprendimos la partida ya no somos los mismos.
Fue entonces cuando comprendí que el problema nunca había sido volver.
Era la casa a la que creía regresar.
II. Casa
Las casas suelen confundirse con los lugares que ocupan.
Las señalamos en un mapa, recordamos una dirección, describimos una fachada, una ventana o el sonido de una escalera.
Creemos que pertenecen al espacio porque es allí donde permanecen sus paredes. Sin embargo, basta abandonarlas una vez para descubrir que nunca estuvieron hechas únicamente de ladrillos.
Una casa también está construida con aquello que deja de preguntarnos quiénes somos.
Es el lugar donde los gestos dejan de requerir explicación, donde el cuerpo conoce el camino antes de que la conciencia lo piense, donde las rutinas terminan por convertirse en una forma silenciosa de confianza. Hay una intimidad que no nace del afecto, sino de la repetición. Abrir una puerta sin buscar las llaves, caminar de noche sin encender la luz, saber desde qué ventana entra el sol o en qué rincón de la cocina se guarda una taza favorita son acciones tan pequeñas que apenas merecen atención. Y, sin embargo, son ellas las que terminan enseñándonos que pertenecer casi nunca es un acontecimiento extraordinario. Es una acumulación de familiaridades.
Quizá por eso cambiar de casa siempre duele un poco más de lo que estamos dispuestos a reconocer.
No importa si la decisión fue libre, necesaria o profundamente deseada. Toda mudanza interrumpe una conversación que manteníamos con el mundo sin siquiera advertirla. Al cerrar una puerta no dejamos atrás únicamente un espacio. Dejamos también la persona que aprendió a vivir dentro de él.
He pensado muchas veces que esa es una de las pérdidas más discretas de la vida.
No tiene la solemnidad de otros duelos. Nadie organiza rituales para despedir una manera de habitar una ciudad, un barrio o una habitación. Simplemente seguimos adelante. Desempacamos cajas, aprendemos un camino nuevo, memorizamos otra dirección y damos por hecho que eso basta para llamar hogar al lugar que acabamos de ocupar.
Pero el cuerpo siempre necesita más tiempo que las mudanzas.
Porque una casa nunca termina donde empiezan las paredes.
Continúa en las personas que asociamos con ella, en el idioma en el que pensamos sin traducirnos, en los olores que reconocemos antes de nombrarlos, en las costumbres que nos permiten movernos por el mundo sin sentirnos extranjeros. Continúa, sobre todo, en la idea que tenemos de nosotros mismos mientras vivimos allí.
Solo cuando esa continuidad se rompe comprendemos que la casa nunca fue un lugar.
Era una forma de orientación.
Como psicóloga he visto esa experiencia repetirse muchas veces. No siempre llega de la mano de la migración. Hay quienes dejan de reconocer su casa después de un divorcio, de una enfermedad, de la muerte de alguien amado o de una pérdida que modifica para siempre la forma en que entendían su vida. Desde fuera casi nada parece haber cambiado. La dirección sigue siendo la misma. Las paredes continúan en pie. Incluso los muebles ocupan el mismo sitio. Lo que ha desaparecido es aquello que permitía sentirse en casa dentro de esa realidad.
Tal vez por eso pienso que todos atravesamos la vida sosteniendo un mapa invisible.
No es un mapa de calles ni de fronteras. Está hecho de certezas, de vínculos, proyectos, recuerdos. De todas esas convicciones que nos permiten levantarnos cada mañana sin tener que preguntarnos desde dónde empezar. Gracias a él sabemos quiénes creemos ser y cuál es el lugar que ocupamos en el mundo.
Hasta que un día el territorio cambia.
Y no hay nada más desconcertante que intentar caminar con un mapa que ya no reconoce el paisaje.
Persistimos durante un tiempo. Buscamos los caminos conocidos. Repetimos las respuestas de siempre. Confiamos en que el desconcierto será pasajero. Poco a poco comprendemos que el problema nunca estuvo en nuestra incapacidad para orientarnos, sino en que el mundo que aprendimos a habitar ha dejado de existir de la manera en que lo conocíamos.
Entonces descubrimos que la verdadera pérdida nunca fue una ciudad, una casa o un país.
Fue el lugar interior desde el que todo aquello tenía sentido.
Y solo cuando esa casa desaparece entendemos la profundidad de la imagen que durante tanto tiempo me acompañó.
Porque hay regresos en los que todavía encontramos el camino.
Lo que ya no encontramos es el refugio.
III. Sin piel
Hay imágenes que no llegan para responder una pregunta, sino para formularla de un modo distinto.
Durante meses hubo una que regresó a mí con una insistencia que no supe explicar.
No apareció de golpe, como llegan las grandes revelaciones. Se fue instalando lentamente, hasta convertirse en una forma de mirar aquello que todavía no conseguía nombrar.
Era una imagen sencilla.
La de alguien que vuelve a casa sin piel.
Al principio pensé que hablaba de la migración.
Después comprendí que la migración había sido solo el lugar donde yo la encontré.
Porque todos, tarde o temprano, regresamos a algún sitio sin piel.
Volvemos después de la muerte de alguien que amamos y descubrimos que la vida sigue allí, idéntica en apariencia, mientras nosotros ya no sabemos cómo habitarla. Volvemos después de una separación convencidos de que la casa será la misma, hasta descubrir que las habitaciones también aprenden el idioma de la ausencia. Volvemos después de una enfermedad, de una traición, del nacimiento de un hijo, del fracaso de un sueño o de cualquier experiencia que altere para siempre la manera en que entendíamos el mundo.
Y, aunque el camino sea conocido, nada vuelve a sentirse igual.
No porque el mundo se haya vuelto más hostil.
Sino porque hemos perdido aquello con lo que antes nos protegíamos de él.
Por eso nunca terminé de sentirme cómoda con la palabra vulnerabilidad.
No porque sea incorrecta, sino porque me parece demasiado pequeña, incluso demasiado cómoda para describir ciertas experiencias humanas.
La vulnerabilidad puede elegirse.
Podemos decidir mostrarnos vulnerables frente a alguien, reconocer un miedo, hablar de aquello que nos avergüenza o pedir ayuda cuando la necesitamos. Hay una valentía inmensa en esos gestos.
Quedarse sin piel es otra cosa.
Quedarse sin piel no es un acto voluntario.
Nadie elige el día en que una pérdida atravesará todas las defensas que había construido. Nadie decide cuándo dejará de reconocer la vida que tenía delante ni cuándo una certeza dejará de sostenerlo. Simplemente ocurre. Y, cuando ocurre, no solo perdemos aquello que se fue. Perdemos también la superficie desde la que tocábamos el mundo.
Quizá por eso la piel me parece una metáfora tan precisa.
La piel no elimina el dolor.
Tampoco impide que la vida nos alcance.
Pero establece un límite. Nos contiene. Nos protege. Nos permite entrar en contacto con el mundo sin quedar expuestos a cada roce, a cada cambio de temperatura, a cada herida.
Con las certezas sucede algo parecido.
Mientras existen apenas pensamos en ellas. Vivimos sostenidos por su presencia silenciosa. Confiamos en que las personas que amamos seguirán ahí, en que nuestro cuerpo responderá como siempre, en que los proyectos tendrán continuidad, en que mañana se parecerá, al menos un poco, al día de hoy. No pensamos en esas certezas porque, como la piel, hacen su trabajo sin reclamar nuestra atención.
Solo descubrimos su importancia cuando desaparecen.
Entonces todo toca demasiado.
Una palabra cualquiera.
Una fotografía.
Una canción.
Una despedida.
Un aeropuerto.
La voz de alguien que pronuncia nuestro nombre con el acento de otro tiempo.
Todo alcanza una intensidad desconocida porque ya no existe esa distancia invisible que antes amortiguaba el impacto de las cosas.
La pregunta nunca fue cómo recuperar la piel.
Ni siquiera cómo encontrar otro mapa.
Empiezo a sospechar que ambas preguntas nacen de la misma ilusión: la de creer que existe un momento en el que, por fin, terminaremos de comprender quiénes somos.
Vivimos esperando ese instante.
Pensamos que llegará cuando encontremos el lugar correcto, el trabajo correcto, la pareja correcta o la versión correcta de nosotros mismos. Como si la vida avanzara hacia una forma definitiva de identidad desde la cual todo pudiera, al fin, adquirir sentido.
Pero la existencia parece empeñarse en desmentir esa esperanza.
Cada pérdida importante nos vuelve desconocidos.
Cada amor nos modifica.
Cada despedida altera el lugar desde el que mirábamos el mundo.
Cada nacimiento, cada enfermedad, cada fracaso, cada migración nos obliga a preguntarnos, una vez más, quién es la persona que ahora habita esta vida.
Tal vez nunca dejamos de convertirnos en extraños para nosotros mismos.
Y quizá esa sea una de las experiencias más profundamente humanas.
No terminar de conocernos.
Porque cada vez que creemos haber llegado a una respuesta, la vida cambia la pregunta.
No escribí estas páginas para hablar de la migración.
Ni siquiera para hablar de la pérdida.
Las escribí porque un día comprendí que aquello que más trabajo nos cuesta perder no es un país, una casa, una relación o una certeza.
Es la idea que teníamos de nosotros mismos antes de perderlos.
Desde entonces miro de otra manera a las personas que llegan a consulta, a quienes hacen una maleta, a quienes sobreviven a un duelo, a quienes intentan empezar de nuevo.
Ya no me pregunto quiénes fueron.
Tampoco quiénes serán.
Me pregunto quiénes están intentando llegar a ser mientras atraviesan aquello que les cambió la vida.
Y, cuanto más vivo, menos creo que exista una respuesta definitiva.
Quizá solo exista esa búsqueda.
Esa conversación silenciosa que comienza cada vez que la vida rompe el mapa con el que creíamos entendernos.
Una conversación que, sospecho, no termina nunca.
Porque tal vez el verdadero hogar no sea el lugar donde finalmente dejamos de buscarnos.
Tal vez sea el espacio que aprendemos a habitar mientras seguimos haciéndolo.
Hasta que volvamos a encontrarnos,
Yuma